Esta noche tuve un sueño

Esta noche tuve un sueño. Soñaba que milagrosamente nos llamaban a muchos ubetenses para entrar dentro de la Iglesia de Santa María, para que cada uno aportara sus ideas que se llevarían a cabo para devolverle su original esplendor a la antigua Colegiata.
Uno pedía encalar sus paredes, otro decía de voltear unas nuevas bóvedas, otros de colocar nuevas solerías acordes al lugar, otros de eliminar el catálogo de azulejos de las capillas, limpiar sus verjas y retablos, algunos hablaban de plantar un ciprés... y todo se hacía realidad en poco tiempo.
Al rato me desperté y mirando en internet ví que sólo se ha puesto un cartel mal escrito en el que avisa que la Junta de Andalucía intervendrá en la Iglesia de los Reales Alcàzares (encima mal escrito). Qué bonito es soñar!



Gracias a todos



Simplemente eso, daros las gracias a todos aquellos que me acompañasteis durante la presentación del libro. Y también a todos los que me tuvisteis en mente, a pesar de las distancias. Sin duda, un gran momento para recordar!!!

Úbeda, la enferma

“Brujas la muerta” fue el título de una novela publicada por Georges Rodenbach en 1892 y que describía esta ciudad belga anclada en su pasado medieval. La novela tuvo una gran acogida y sirvió para activar el turismo en esta ciudad y convertirla en uno de los principales destinos turísticos de Bélgica.
En el caso de Úbeda podríamos escribir una novela con un título parecido, si bien optamos por simplemente describirla como una ciudad enferma, gravemente enferma. Su dolencia radica en el abandono de sus calles y la total pasividad por parte de sus habitantes.
Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, cinco años más tarde pocos son los cambios que se puedan palpar en nuestra ciudad. Es cierto que se han realizado algunas obras orientadas a revitalizar determinados espacios de nuestra ciudad, si bien no todas las necesarias, pues aún se deberían realizar alguna que otra intervención: eliminación del asfaltado y cableado aéreo en el casco histórico, adecentamiento de la muralla, aumento de la zona peatonal y disminución del tráfico rodado, etc.
Sin embargo, una de las primeras asignaturas pendientes es la concienciación de sus habitantes de lo que significa vivir en una ciudad con esta distinción. Es tarea fundamental de TODOS de cuidar el patrimonio histórico-artístico de la ciudad, que no es solo nuestro y de nuestros descendientes, sino que pertenece a toda la Humanidad, siendo nuestra labor la de salvaguardarlo y protegerlo para disfrute de TODOS. Con todo, existe otra lección que no estaría de más aprender, que afectaría a los ciudadanos de cualquier ciudad, y que sería referente a la educación urbana y aplicación de normas cívicas: respeto, limpieza, etc.
Nuestra ciudad adolece de numerosas dolencias que se hace patente en cada rincón de la misma, y que frecuentemente se repiten: suciedad, abandono de fuentes públicas, ausencia de zonas verdes, existencia de estorbos en la vía, numerosos coches aparcados en cualquier sitio, etc. A pesar de que caiga en saco roto, entre los numerosos problemas que sufre Úbeda se podrían indicar los siguientes.

Fuentes
Las fuentes de nuestra ciudad son uno de los bienes más descuidados de nuestra ciudad, pues aparecen en muy mal estado de conservación, con numerosas fugas, y gran cantidad de suciedad sobre su superficie. Entre los ejemplos más vergonzosos se podrían citar la fuente de la Plaza Vázquez de Molina, procedente del arruinado Palacio de los Cobos, remendada con cemento, con numerosas fisuras donde sale el agua, dotada de bombillas que siempre están fundidas, y con el agua sucia y verde. Si tuviéramos que comparar esta céntrica fuente con las del Pópulo o de Santa María en Baeza, sin duda saldríamos perjudicados. Se debería plantear una intervención adecuada, o incluso sustitución por una copia, especialmente teniendo en cuenta que es un lugar estratégico donde nuestros turistas se hacen la típica foto de recuerdo. Otros ejemplos vergonzosos serían la fuente de la Plaza de San Pedro o la del General Saro, auténtico vertedero donde se acumula basura, con focos fundidos, con atentados al grupo escultórico, etc.

Zonas verdes
Son pocas las zonas verdes en nuestra ciudad, y muchos los solares abandonados. Se debería promover la creación de pequeñas zonas verdes dentro del casco histórico, así como a la plantación de más arbolado en nuestras calles. Un ejemplo podría haber sido la calle Trinidad, donde hubiera sido preferible disponer más árboles y menos elementos de mobiliario urbano que entorpecen el tráfico de viandantes y coches.

Solares y casas en ruina
Encontramos numerosos solares en Úbeda, muchos de los cuales se podrían aprovechar para realizar pequeños parkings (bien en planta, u ocultados como edificios de varias plantas) que paliaría el grave problema que tenemos para aparcar. Igualmente se debería promover la rehabilitación de numerosas casas que, día a día, se van cayendo sin que nadie haga nada para evitarlo, a pesar incluso de estar catalogadas (como ocurrió recientemente en la calle Compañía).

Adoquinados
Se debería promover el adoquinado en toda la zona del casco histórico de Úbeda en vez del asfaltado, promoviendo asimismo la creación de mayores zonas peatonales o de reducción de tráfico rodado. En los últimos años se procedió a rehabilitar la calle Real, y pocos años más tarde encontramos numerosos parches en la misma, con solerías rotas, enchinado suelto, etc. que, además, no es repuesto. Sin embargo, lo peor es la confluencia con calles colindantes, realizadas con cemento, que da una imagen negativa de las obras efectuadas.

Cableado aéreo
Otro grave problema, a pesar de las intervenciones efectuadas en la Plaza de San Lorenzo o la citada del Real, es ver como el cableado cruza de una acera a otra, y se continúa por las viviendas como si fuera parte propia de la arquitectura. Sin duda, otro elemento que se debería ocultar, especialmente teniendo en cuenta que las instalaciones ya están realizadas.

La piel de la arquitectura

La pintura mural se emplea como definidora de la arquitectura donde se localiza, configurándose como un valor añadido a la lectura del edificio. La imitación de materiales nobles, la ornamentación floral, o la existencia de un programa religioso o alegórico dan una nueva visión al edificio, dotándolo de una carga simbólica que muy difícilmente podría tener sin ese acabado final; es por ello que la pintura mural haya sido considerada en ocasiones como ‘la piel de la arquitectura’, habiendo sufrido una extraordinaria revalorización en los últimos años.
Es una de las manifestaciones artísticas más antiguas del hombre, desarrollándose ya en las primeras civilizaciones históricas. Durante el Imperio Romano se define la técnica y surgen los primeros estilos decorativos, como lo atestiguan los bellos ejemplos conservados en Pompeya y Herculano.
En el Románico se emplea la pintura mural con un carácter didáctico y evangelizador, localizándose en el interior de los templos y monasterios. Será con el Gótico cuando la pintura mural pierda su importancia anterior, siendo reemplazada por el uso de la vidriera (que conllevaba un nuevo valor simbólico al permitir el acceso de la luz, símbolo de la divinidad).
Sin embargo, en el ámbito italiano, se mantuvo la tradición mural durante prácticamente toda la Baja Edad Media, alcanzando gran desarrollo durante el Renacimiento y el Barroco. Pintores como Giotto, Masaccio o Mantegna recuperarán la técnica romana del fresco, alcanzando su culmen con la obra de Miguel Ángel y Rafael. Alrededor de estos grandes maestros surgirá una pléyade de decoradores murales de gran renombre que contribuirán a difundir las nuevas técnicas y formas decorativas por el resto de Europa.
Antes de la llegada de las nuevas formas renacentistas a España, la pintura mural que se practicaba en el Santo Reino de Jaén continuaba los postulados medievales, sin duda por influencia de los modelos artísticos importados por los repobladores castellanos. Se trata de una pintura realizada en temple sobre cal, de gran rigidez compositiva y gama cromática fría, generalmente localizada en templos y conventos.
Son pocos los ejemplos que se han conservado por la propia fragilidad de la pintura y los cambios estéticos producidos a lo largo de la historia, que conllevó que muchas imágenes se ocultaran bajo capas de cal o sustituidas por una decoración posterior. Cabría mencionar las pinturas conservadas en la iglesia de Santa Cruz en Baeza, donde encontramos escenas de la Pasión de Cristo en su ábside, así como el martirio de Santa Catalina en la capilla contigua; el arco que comunica ambos espacios muestra a la Virgen con el Niño y a San Sebastián, pinturas realizadas con posterioridad -posiblemente a mediados del siglo XVI-.
Otras pinturas también reseñables se localizarían en la cabecera de la iglesia de San Bartolomé de Jaén -hoy ocultas-, con escenas alusivas al santo titular del templo, o algunos restos localizados en el claustro de la iglesia de la Magdalena de Jaén. Aparte de otros ejemplos existentes en diversos templos y conventos de la diócesis de Jaén, cabría citar algunas pinturas ligadas a la arquitectura civil. Así, por ejemplo, en el castillo de Jimena se conservan interesantes escenas marítimas y en algunas viviendas de Úbeda se han localizado escenas bucólicas con querubines jugueteando con animales en un jardín paradisíaco.




Será en el primer tercio del siglo XVI cuando se introduzcan las novedades artísticas de la mano de los pintores Julio de Aquiles y Alejandro Mayner, quienes vendrán llamados por don Francisco de los Cobos y Molina, secretario imperial de Carlos V, para decorar sus casas de Valladolid y Úbeda. Éstos eran discípulos de Giovanni de Udine quien -en colaboración con Giulio Romano, Primaticcio y Perin del Vaga entre otros-, había colaborado con Rafael en la decoración de las Loggias Vaticanas.
Aquiles y Mayner serán los principales introductores del motivo del grutesco en España, si bien apenas se han conservado muestras de su arte. Poco podemos hablar de la decoración del palacio de Cobos en Úbeda, al haber caído éste en la más absoluta ruina; sin embargo, en esta localidad se encuentran algunas de las labores que Julio de Aquiles realizó de manera independiente, como es la decoración de la capilla del Camarero Vago en la iglesia de San Pablo, parte del retablo de la Capilla del Deán Ortega en la iglesia de San Nicolás, así como restos conservados en la que pudo ser su vivienda particular.


Tras la muerte de Aquiles se produce un importante vacío en la pintura mural jiennense. Habrá que esperar hasta el último cuarto de la centuria para encontrar otra figura relevante en el ámbito de la pintura mural: Pedro de Raxis, artista vinculado a uno de los magnos proyectos del siglo XVI como es el Hospital de Santiago de Úbeda.
Su construcción deriva directamente de la influencia que por aquel tiempo tuvo la construcción del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, promovido por Felipe II. Muchos miembros de la nobleza española, en su deseo de imitar al Rey Prudente, promovieron magnos proyectos contando para ello con los artistas italianos que habían venido para trabajar al servicio del rey. Un conocido ejemplo de ello sería el palacio de don Álvaro de Bazán, en Viso del Marqués (Ciudad Real), en donde se desarrolla un completo programa decorativo realizado por Cesare Arbasia y Giovanni Battista Perolli.
Fundado por don Diego de los Cobos, Obispo de Jaén, el Hospital de Santiago fue construido entre 1562 y 1575 siguiendo las trazas del arquitecto Andrés de Vandelvira. Esta institución benéfica agrupaba, asimismo, una serie de estancias palaciegas para el obispo (lo que justificaría el esplendor inusitado que adquiere su escalera), así como un espacio religioso-funerario (patente en su bien dotada capilla, con sacristía y antesacristía).
Será Pedro de Raxis -en colaboración con Gabriel de Rosales- el encargado de realizar los ciclos pictóricos, atendiendo posiblemente a las trazas marcadas por el pintor escurialense Miguel Barroso. Estos dos pintores, además, serán encargados de policromar y estofar el gran retablo mayor, realizado hacia 1585 por Blas de Briño y Luís de Zayas.
Sorprende la profusión decorativa de la caja de la escalera del hospital, definida por Joaquín Montes como un gran “teatro histórico” donde se representa el tiempo histórico, el religioso y el filosófico. El primero se hace patente por la galería de los reyes de España, desde Alfonso VIII hasta Felipe II. Por su parte, el tiempo religioso se muestra mediante las santas mártires y diversos arzobispos toledanos que acompañan a la efigie del Obispo Cobos. Finalmente, el aspecto filosófico alude a la presencia de la Muerte, el Tiempo, el Diablo y el Libro de la Vida, representados de manera alegórica.
Por su parte, en las bóvedas de la iglesia funeraria se exponen sendos discursos que reflexionan acerca de la vida moral, del pecado y del templo como la morada de Dios, empleando para ello numerosas cartelas con textos provenientes de los Salmos. Asimismo, la pintura de su testero servía para complementar la iconografía del desaparecido retablo mayor.
Siguiendo los postulados del Concilio de Trento, la capilla cuenta con una sacristía y una antesacristía para alojar los distintos objetos de la liturgia. La antesacristía es una pequeña sala rectangular, cubierta con bóveda esquifada, en donde se localizan las monumentales figuras de los profetas Jonás, Jeremías, Eliseo y Daniel. Los paramentos de esta sala muestran atlantes y cariátides fingidos, que sirven para enmarcar diversos medallones con bustos de santos.
Finalmente, su sacristía es una gran sala rectangular con seis nichos para alojar las cajoneras, presidida con el escudo heráldico del Obispo Cobos. En la parte central se disponen los Padres de la Iglesia, representándose en los ángulos a los fundadores de diversas órdenes religiosas (San Antonio, San Benito, Santo Domingo y San Francisco), y ubicándose las Virtudes Teologales en los nichos. Encontramos ya algunos elementos que anuncian el cambio de sensibilidad del Barroco, como son el Ecce Homo y Cristo con la cruz a cuestas, así como un Niño de Pasión. En la bóveda se imitan casetones, decorados con grutescos y la representación de los dioses planetarios en la parte central, formando una cosmogonía.





El gran éxito del programa pictórico del Hospital de Santiago fue un aliciente para que Pedro de Raxis fuera contratado en la iglesia parroquial de Villacarrillo, construida años atrás por Andrés de Vandelvira en colaboración con su suegro Francisco de Luna. En sus bóvedas centrales se desarrolla un interesante programa iconográfico, en donde tienen cabida diversos personajes del Antiguo Testamento, combinados con escenas de la Pasión de Cristo y de la Virgen María. Encontramos aquí numerosos elementos que ya aparecían en la bóveda de la Capilla Sixtina, como son los ‘ignudi’ y las sibilas que profetizan la llegada de Cristo.
Igualmente, Raxis participaría en la ornamentación de la bóveda central de la Catedral de Baeza, así como en la iglesia abacial de Santa María de la Mota en Alcalá la Real (de la que no se han conservado restos), entre otros proyectos.

Ya en el siglo XVII, y dentro de la estética del Barroco, se multiplican los proyectos decorativos en la provincia de Jaén. Numerosos templos y palacios de la provincia se ornamentan con motivos religiosos, florales y geométricos, llevados a cabo por pintores locales en su gran mayoría (Blas de Ledesma, Antonio García Reinoso, Luis de Ureña, Juan Esteban de Medina…), sin obtener la grandiosidad y el esplendor de antaño.
De cualquier manera, la historia de la pintura mural jiennense aún está sin escribir, pues son muchas las pinturas que se descubren hoy en día con motivo de las numerosas restauraciones que se realizan en la actualidad (una de las últimas que podríamos citar son las bóvedas laterales de la iglesia parroquial de Villacarrillo). Sin duda, estos nuevos descubrimientos vendrán a incrementar nuestro rico y variado patrimonio que deberá ser puesto en valor para conocimiento y disfrute de todos.

Velas por Santa María

El 1983 se cerraba la Iglesia de Santa María de los Reales Alcázares, Monumento Nacional, con el fin de llevar a cabo en ella unas necesarias obras de restauración y consolidación. Tras 25 años, aún no han concluido dichas obras y aún pasarán algún tiempo más sin que los ubetenses podamos disfrutar de nuestra iglesia mayor, situada en la renacentista Plaza Vázquez de Molina, Patrimonio de la Humanidad.
La historia de la antigua Colegiata de Santa María es extensa, y durante muchos años se han sucedido distintas fases constructivas que han ido modificando su aspecto original, superponiéndose en armonía y respetando su propia historia.
Sin embargo, la intervención llevada a cabo en primer lugar por Isicio Ruiz Albusac supuso incrementar la ruina del templo al derribar sus bóvedas, sin tener en cuenta la conservación de los bienes muebles que el templo albergaba (retablos, rejas, lápidas…). La posterior intervención llevada a cabo por Enrique Venegas Medina supuso la salvación estructural del templo, pero desvirtuó por completo su imagen interior, al cubrirlo con unas inventadas techumbres de madera, picar sus paredes, disposición de solerías de catálogo, entre otras reformas.
Con esta larga intervención “restauradora” no sólo se ha alterado la imagen histórica del templo y el recuerdo de muchos ubetenses, sino que se ha arrebatado a toda una generación de jóvenes ubetenses de poder disfrutar de su iglesia mayor como así lo hicieron las generaciones anteriores.

Por este motivo, un grupo de ubetenses nos hemos reunido por luchar por nuestro Patrimonio Histórico-Artístico. Con este sencillo acto, en el que cada uno ha encendido 25 velas -tantas como años lleva cerrada Santa María-, pretendemos servir de aldabonazo a la conciencia dormida del pueblo de Úbeda. Y lo hacemos para protestar principalmente por tres cosas:
  • La mala gestión de las distintas administraciones, que a pesar de las distintas promesas electorales, han permitido que pasen 25 años y aún no se haya abierto el templo.
  • La nefasta intervención llevada a cabo en la iglesia durante sus cinco fases, que ha hecho desaparecer siglos de historia y arte sin tener en consideración la propia esencia del templo.
  • La desidia y apatía del pueblo ubetense, que ha permitido que todo esto suceda sin apenas reclamar lo que la Historia le ha heredado, y que continúa sin hacerlo ante casos concretos como la puesta en valor de nuestro Patrimonio.

Con todo, solicitamos:
  • la aceleración de las obras para que cuanto antes podamos volver a tener el templo abierto.
  • la recuperación, en la medida de lo posible, de su aspecto original: paredes encaladas, suelos de piedra, eliminación de elementos de vanguardia, etc.
  • la agilización de los trámites para abrir y dotar de uso a otros templos de la ciudad, como la Santísima Trinidad, Santo Domingo y San Lorenzo.





La rehabilitación de nuestras murallas

Las murallas de Úbeda han vivido épocas de gloria y otras de decadencia.
De origen islámico y con reformas de época cristiana, el recorrido de la muralla, arrancaba desde los Miradores del Salvador, Cuesta de Santa Lucía, Huerto del Carmen, Fuente Seca, Cruz de Hierro, Corredera de San Fernando, Plaza de Andalucía, Rastro, Cava, Miradores de San Lorenzo, Puerta de Granada, Cotrina y Arroyo de Santa María, enlazando aquí con la muralla del Alcázar.
Junto al principal circuito amurallado, también contábamos con un segundo lienzo defensivo, en torno a los arrabales de San Isidoro, San Nicolás, San Millán y los Santos Juanes, de los que apenas nada queda (salvo la conocida como Torre Nueva, incluida en la actualidad en una vivienda particular).
Sin duda, la época más nefasta en la historia de nuestras murallas fue el siglo XIX cuando éstas perdieron por completo su función defensiva y -con la excusa del progreso-, sus puertas fueron demolidas y sus lienzos invadidos por construcciones privadas. A pesar de todos estos avatares, aún podemos hablar de Úbeda como una ciudad amurallada, conservándose buena parte de ella.
Durante el siglo XX la suerte de ha sido desigual. Tras años de abandono, en los años 80 se procedió a reconstruir la muralla de la Saludeja, una faraónica obra que dio como resultado una bella estampa a este rincón de la ciudad. Sin embargo, un par de años después parte de esta muralla se desmoronó y hasta hace relativamente poco tiempo este tramo de la vía estaba cortado. Reabierto el acceso durante la anterior legislatura, este espacio aún no ofrece su mejor aspecto pues prácticamente sólo se ve la roca desnuda sobre la que se asienta la muralla así como parte del terraplén del alcázar que le sirve de respaldo.
El aspecto que ofrece entre la Fuente de la Saludeja y el Arroyo de Santa María es, sin duda, deplorable. Los tramos de muralla que sobreviven lo hacen con numerosas grietas, con la vegetación campando a sus anchas, teniendo como base los escombros y restos de construcciones que en siglos pasados se adosaron a la muralla.
Por la zona colindante con los Miradores la situación es parecida, si bien en este lugar encontramos varias casas ruinosas -algunas incluso hundidas-, que dan una imagen lamentable, poco apropiada para una ciudad que se jacta de ser Patrimonio de la Humanidad. Algunos torreones aparecen con considerables huecos, han perdido el revestimiento exterior de piedra que definía su aspecto geométrico, existen restos de muros y encalados de construcciones anteriores, están cubiertos con vegetación…
Ya casi en el Arroyo de Santa María encontramos dos torreones muy interesantes pues en ellos se aprecia el recrecido de piedra que sufrió la muralla durante la época almohade. Uno de ellos se encuentra aprisionado por construcciones de escaso valor arquitectónico, siendo aconsejable su liberación para poder contemplar en todo su esplendor.
Como vemos, se impone de urgencia una total rehabilitación de este tramo, saneando sus muros mediante la eliminación de vegetación, cierre de sus grietas y reparación de las inmensas oquedades con piedra, etc. Además, sería conveniente eliminar los escombros y sustituirlos por una vegetación adecuada que otorgue esa imagen de paseo romántico, además de dotar a la muralla de una iluminación adecuada.
En las últimas semanas se ha producido la intervención en el tramo cercano a la Puerta de Santa Lucía. El cambio producido es totalmente radical y apreciable: se ha picado la piedra para eliminar las construcciones adosadas, eliminando huecos y tramos de ladrillo por otros de piedra, y cerrando sus grietas con mortero. Se ha realizado un muro de contención con el tramo continuo -el que va hacia el Huerto del Carmen-, que todavía presentar un regular aspecto, totalmente cubierto de escombros. Igualmente se han eliminado unas higueras cuyas raíces venían a deteriorar aún más el lienzo, situadas en la parte alta (donde se encuentran las ruinas de la iglesia de Santo Tomás, un importante yacimiento arqueológico que se podría poner en valor para incrementar la oferta turística de la ciudad). Todavía quedaría incluir vegetación en la parte baja y mejorar la iluminación, con el fin de potenciar la belleza de este entorno.
El tramo del Huerto del Carmen goza de mejor salud respecto a los anteriores, teniendo un aspecto mejor cuidado que los anteriores. De cualquier manera, sería conveniente la limpieza de este entorno, el cierre de alguna grieta y la mejora de su iluminación.
Nada podemos decir de los tramos de la Fuente Seca y la Cruz de Hierro, totalmente ocultas por las construcciones adosadas. Algo parecido pasa con el tramo de la Corredera; sin embargo, en la calle Ventanas aún se pueden ver restos visibles en bastante mal estado, con numerosas grietas, encalados, construcciones posteriores y riesgo de desplome, lo cual sería conveniente darle una solución antes que llorar las desgracias.
Finalmente hablar del tramo de la calle Rastro y Cava. Especialmente en ésta última habría que potenciar la muralla como un valor fundamental de este lugar, eliminando algunas de las construcciones adosadas de escaso valor estético. Hace un par de años se eliminó una vivienda en la zona baja de la Cava, junto a la Plaza de San Francisco, y se dejó la muralla pendiente de su restauración. Y allí sigue. Curiosamente se ha mejorado la iluminación del lugar, pero no se ha dado solución al problema más importante que es rehabilitar el tramo descubierto. Junto a ello, no estaría de mal la eliminación de algunas construcciones de muy mala calidad, que restan belleza al entorno.
Con esta rápida visión del estado de la muralla, sólo quiero llamar la atención para que no nos durmamos en los laureles. Es necesario que la nueva Corporación municipal continúe con la rehabilitación de nuestras defensas, pues no todas las ciudades históricas pueden hablar con orgullo de conservar la gran totalidad de sus murallas. No sólo es necesario conservarlas, sino ofrecerlas en su mejor aspecto posible, pues siglos de historia nos contemplan desde ellas.



Las iglesias parroquiales de los Santos Juanes

Tras la conquista de la Ciudad por las tropas cristianas de Fernando III el Santo, se fundaron seis iglesias en el recinto amurallado (Santa María, San Pablo, Santo Tomás, Santo Domingo, San Lorenzo y San Pedro), y otras cinco en la zona extramuros (San Nicolás, San Isidoro, San Millán, San Juan Bautista y San Juan Evangelista).
Estos templos tuvieron mayor o menor fortuna, conservándose la mayoría de ellos. Sin embargo, existieron tres templos de los que sólo nos quedan el recuerdo: la Iglesia de Santo Tomás Canturiense (más conocida por ser el lugar en donde don Francisco de los Cobos pensó ubicar originariamente su capilla funeraria), y los templos de San Juan Bautista y San Juan Evangelista.
Las collaciones de los Santos Juanes -como eran conocidas popularmente- agrupaban a humildes agricultores. Al igual que ocurría con otros barrios de la ciudad, esta collación tenía su propia línea de muralla reforzada con torreones (desaparecida a mediados del siglo XVII).

Respecto a la Iglesia de San Juan Bautista, a pesar de la importancia que tuvo en la Úbeda medieval, apenas tenemos datos. Hasta su ubicación es dudosa, ya que en 1844 solo existía el solar con sus cimientos. Posiblemente estuviera cerca de la actual Redonda de Miradores, frente a los muros del Alcázar y cerca del Barrio de San Millán.
Desconocemos cómo sería su templo, posiblemente de estilo mudéjar o tardorrománico. Su capilla mayor estaba vinculada a la familia Trillo, existiendo otra serie de capillas en donde se veneraban numerosas imágenes religiosas.
En 1800 se extinguió como parroquia, pasando todas sus imágenes y demás objetos ornamentales a la cercana iglesia de San Millán (a excepción de sus libros sacramentales, que pasaron a la iglesia de San Pablo).

Más datos tenemos de la Iglesia de San Juan Evangelista (también conocida como San Juan de los Huertos). Fundada tras la conquista de la ciudad, este templo románico se alzaba frente a las murallas del alcázar, extramuros, en las proximidades de la Fuente de la Saludeja. Extinguida como parroquia en 1740, pasa a depender de la iglesia de San Lorenzo, lugar a donde van a parar sus escasos bienes artísticos.
El templo debería presentar un aspecto similar al de la Iglesia de Santa Cruz de Baeza, es decir, un templo tardorrománico. La iglesia medía diez metros de largo por seis de ancho, y tenía varias capillas funerarias como la de Nuestra Señora del Rosario o la de San Mateo.
Paseando por la Fuente de la Saludeja, y mirando al horizonte, podrán observar entre la vegetación las ruinas de su cabecera -ubicadas cerca del antiguo matadero municipal, frente a la Puerta de Granada-. Su ábside, junto a un poste eléctrico, está realizado en piedra y presentaba un vano (hoy totalmente desvencijado).
Por desgracia -o para bien de la conservación del templo-, este templo está abandonado y su acceso es prácticamente inexistente, estando rodeado por huertas. Sin embargo, es lamentable el hecho que no se le preste la atención suficiente a estas ruinas que tanto han vivido. Sus 7 siglos de vida posiblemente no aguanten mucho más tiempo. Sería conveniente conservar las ruinas (simplemente consolidarlas, no hacer ningún “experimento patrimonial” al que, por desgracia, nos tienen acostumbrados nuestros políticos), y potenciar su presencia en el paisaje mediante un sistema de iluminación o posibilitando un acceso limitado a las ruinas.
Se tomen medidas o no para su conservación, es importante que todos conozcamos la existencia de las ruinas de San Juan. Es importante no olvidar nuestra propia historia, larga y fecunda, pero más importante es conservar los vestigios de esa historia para Úbeda y la Humanidad.



Cuando nuestros templos eran blancos

Tras la conquista cristiana de Úbeda por las tropas de Fernando III el Santo, las mezquitas de la ciudad fueron reconvertidas en iglesias. Al principio tan sólo se procedería a su purificación, reordenando la orientación del culto (hacia el Este) e incorporando una serie de símbolos cristianos (el Crucificado, la imagen de la Virgen o el santo titular, etc.) que mostraran la nueva situación religiosa. Sin embargo, consolidada la conquista territorial, se procedería a la construcción de templos que se ajustaran mejor a las necesidades del culto.
Las nuevas iglesias y conventos construidos en Úbeda serían realizados por artífices mudéjares, que mantendrían sus técnicas y motivos decorativos musulmanes, combinados con formas tardorrománicas y protogóticas; entre los ejemplos más reseñables podríamos citar la puerta de la iglesia conventual de Santa Clara (así como uno de sus claustros) o la cabecera de San Pedro. Estas primeras iglesias se caracterizarían por su austeridad, empleando materiales de poco coste pero sustituyendo esta pobreza por el ingenio decorativo. Casi todos estos templos presentarían originalmente una nave única (salvo excepciones), que se cubrirían con techumbre de madera, salvo en la capilla mayor donde emplearían bóveda de piedra; a esta nave lateral se irían añadiendo capillas funerarias, generalmente cubiertas con bóveda.
Con el avance del tiempo se procederá a reformar y ampliar muchos de estos templos, empleando para ello el estilo imperante del momento: el Gótico. Nuestra ciudad cuenta con ejemplos góticos de gran calidad, como así lo certifican la iglesia de Santa María, San Pablo, San Nicolás, etc. Estos templos medievales se irían reformando con posterioridad, especialmente durante la Edad Moderna.
Durante el Renacimiento asistimos a un proceso generalizado de reforma en todos los templos ubetenses, labrándose muchas de las portadas que hoy presentan. En algunos casos, se proyecta la reforma global de algunas parroquias como consecuencia del auge poblacional (como ocurre en San Isidoro).
La crisis económica generalizada que experimenta España durante el siglo XVII modificaría muchos de los proyectos constructivos. Sin embargo, no por ello la Iglesia paralizaría el proceso de embellecimiento de sus templos, empleando técnicas más económicas pero no por ello carentes de efectos escenográficos, como consecuencia de los postulados impuestos por la Contrarreforma Católica.
Casi todos los templos ubetenses (con la excepción de Santo Domingo) sustituirán su techumbre de madera de tradición mudéjar por cubiertas de yeso: bóvedas de cañón con lunetos con decoración de molduras geométricas, que frecuentemente se continuarían por los paramentos de los templos. En parte, esto se hacía así para disimular la pobreza de materiales de la fábrica, pero también para dar una mayor luz al interior del templo y acentuar el carácter espiritual, e incluso como motivo decorativo (por la combinación de piedra y el yeso, creando una bella bicromía). En este sentido, muchas de las formas barrocas continúan con elementos ya vistos en época mudéjar.


En Úbeda, tanto los templos parroquiales como los conventuales y las ermitas se recubrieron con estucos. En algunos tan sólo se recubrieron algunas zonas para resaltar la bicromía y disimular el mal desbaste de la piedra; en otros, la decoración fue total. En ocasiones, este empleo de bóvedas se continuaba en las sacristías, como así podemos verlo hoy en día en San Isidoro y San Nicolás.
Un motivo recurrente fue el emplear una bóveda de cañón remarcada con arcos fajones, donde se abren lunetos en correspondencia con las ventanas. Frecuentemente, la parte central presenta una decoración de molduras rectangulares, y en ocasiones combinadas con placas de cerámica. Ello se hace patente en las iglesias parroquiales de San Pedro, San Isidoro, San Lorenzo (del que se conservan restos en la zona del coro) o en iglesias conventuales como la de San Miguel, San Francisco o San Nicasio (según se aprecia en el proyecto).
Con el tiempo se van complicando estos motivos, especialmente a partir del siglo XVIII, disponiéndose estrellas y otras formas mixtilíneas, complementada con ornamentación floral (tal y como aprecia en San Pablo, Santa Clara o como se disponía en Santa María). Es a mediados de este siglo cuando encontramos la mayor exhuberancia decorativa realizada en yeso, cuyo principal exponente es la Iglesia de la Santísima Trinidad. Gran éxito tuvo la bóveda polilobulada, ornada con pilastras, sobre pechinas con una abigarrada decoración escultórica; así se aprecia en la bóveda de San Lorenzo y en los restos conservados de la bóveda de la Ermita de Madre de Dios del Campo.
No solamente en el Barroco se emplearon las yeserías decorativas, sino que se mantendrían en el siglo XIX. Así se aprecia en la reconstrucción del templo conventual de San Francisco o en las ermitas de Santa Eulalia, del Gavellar o San Bartolomé.
En los últimos años, algunas de las últimas tendencias “restauradoras” optan por eliminar el encalado defendiendo que se dispusieron por motivos higiénicos, para evitar las epidemias (que en algunos casos es verídico), borrando con ello una importante página de la historia de nuestros edificios. Ejemplo conocido por todos es el de Santa María, cuyas paredes no estaban preparadas para ser vistas sino para ser encaladas, creando contraste con las piedras bien labradas de las arcos. Igualmente, la destrucción de las bóvedas barrocas y la reinvención del artesonado mudéjar constituye otro atentado al pasado histórico del edificio.

Pintura mural del Renacimiento en el Reino de Jaén

PRÓLOGO
El estudio de nuestra pintura mural ha sido uno de los grandes ignorados por la historiografía del arte español.
Ciertamente, la labor pictórica llevada a cabo en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, realizada por artistas en su mayoría de origen italiano -sin por ello menospreciar la notable presencia de españoles-, como Pellegrino Tibaldi, Luca Cambiasso, Rómulo Cincinnatto, Francesco da Urbino, Fabricio Castello, Gaspar Becerra, Luis de Carvajal o Miguel Barroso, entre otros, mereció la atención de autores como don Diego Angulo o el meritorio trabajo de Zarco Cuevas, publicado en 1931.
Sin embargo, junto a este núcleo de pintura cortesana, no hay que ignorar que en España la decoración muraria remitida a la pintura siempre había gozado de una fecunda tradición. La pintura mural, en la mayoría de los casos realizada con la técnica del temple, por su eficacia expresiva y economía de recursos, había sido un componente fundamental a la hora de configurar la imagen de edificios tanto civiles como religiosos. Y es que nunca se podrá disociar esta modalidad pictórica de su soporte arquitectónico. La pintura mural siempre fue concebida como epidermis del edificio, a cuya fábrica prestaba su arte para dotarla -tantas veces-, con su ficción figurativa, de una sintaxis inexistente en su estructura. La pintura mural presta su elocuencia artificiosa a una edilicia muda y neutra, y la hace aparecer con el esplendor de una soñada ordenación morfológica.
De extraordinario desarrollo en Italia, Francisco Pacheco nos remite a la figura de Julio de Aquiles como aquel artista que hizo renacer esta técnica pictórica en nuestro país. Y es cierto: tanto Julio de Aquiles como Alejandro Mayner habían creado las bases de esta modalidad pictórica en ciudades como Valladolid, Úbeda o Granada. No hay que olvidar que estos creadores fueron promocionados por un mecenas particular, don Francisco de los Cobos, al igual que -años más tarde- otro aristocrático comitente, don Álvaro de Bazán, brindaba la oportunidad de desplegar su talento decorativo en su palacio de Viso del Marqués a otro italiano, Giovanni Battista Perolli.
Como hemos podido ya comprobar, la pintura mural vinculada a la arquitectura palaciega permanece a lo largo de buena parte del siglo XVI en manos de artífices italianos o formados en este país. A los nombres ya mencionados de Aquiles, o la familia Perolli, tendríamos que añadir otros como Cesare Arbasia, Julio Antonio de Aquiles, o los Raxis, dinastía artística de origen sardo.
Empero, junto a estas manifestaciones decorativas de indiscutible carácter innovador y claros resabios italianizantes, tampoco debemos ignorar que en España el estamento eclesiástico venía haciendo uso de estas modalidades pictóricas en su arquitectura conventual y diocesana por constituir un sistema barato a la hora de cubrir grandes superficies parietales, introduciendo a un mismo tiempo amplios programas iconográficos de fuerte impacto propagandístico y visibles resultados estéticos.
En la provincia de Jaén, junto a interesantes obras desaparecidas en ciudades como Úbeda, conocíamos los excelentes programas realizados, siguiendo la técnica del temple, en templos como la capilla del Hospital de Santiago, o la iglesia parroquial de la Asunción de Villacarrillo. Hablamos de obras relacionadas con los artistas Pedro de Raxis y Gabriel Rosales, cuya autoría, tal vez, tengamos que cuestionar algún día seriamente. Sin embargo nada nos hacía sospechar que en el antiguo Reino de Jaén, durante el siglo XVI, llegáramos a inventariar en la actualidad un conjunto de ochenta pinturas, aún conservadas, que muestran la gran variedad de facetas estilísticas y semánticas que estas pinturas adquieren en su extraordinaria diversidad. Y ello se ha conseguido gracias a la obra que me propongo presentar. Se trata del fruto investigador de un joven profesor universitario, José Manuel Almansa Moreno, quien, junto a una encomiable labor de campo, ha sabido unir rigor científico, sensibilidad intuitiva y -ante todo-, una perfecta preparación epistemológica.
José Manuel Almansa, en este libro, nos abre a los historiadores del arte y a todas aquellas personas interesadas por estas materias, todo un vasto horizonte de información y conocimientos, hasta hoy apenas percibido de un modo fragmentario, cuando no plenamente ignorado. Y lo hace en un momento doblemente crucial: en primer lugar por la importancia de su investigación y el atractivo de la materia; pero también porque muchas de estas obras se encuentran en un estado crítico de conservación.
La pintura mural, dependiente de las condiciones de estabilidad, humedad, contaminación, o simplemente abandono de la obra arquitectónica a la que se debe, ha sufrido los estragos de una paulatina degradación que, en tantos casos, la ha conducido a su ruina más absoluta. Posiblemente, de todas las modalidades pictóricas, la pintura mural llevada a cabo con la técnica del temple, o mixta -que no al fresco- es la más vulnerable a los agentes que impiden su conservación. Y el estado de conservación que en la actualidad presenta una gran parte de estas obras es, sencillamente, lamentable y de incierto porvenir.
Contrasta esta amarga realidad con la calidad excepcional de muchas de estas labores de pincel, su carácter innovador, su riqueza iconográfica, o su deslumbrante sentido ornamental. Son obras religiosas vinculadas a templos parroquiales en ciudades como Baeza, Jaén, Andújar, etc., a conjuntos pictóricos conventuales franciscanos y dominicos, y por si ello fuera poco, edilicia civil palaciega y doméstica.
En suma, el estudio que hoy nos presenta José Manuel Almansa es una propuesta completa que, partiendo de una exégesis de las técnicas aplicadas, nos remite a la localización de los diversos programas, sin olvidar sus funciones de complementariedad edilicia, sus programas iconográficos, sus diversos focos estilísticos -generalmente de origen familiar-, para concluir con la proyección a otras latitudes geográficas de este género pictórico que, en Jaén, como no podía ser menos dada su excepcional arquitectura renacentista, encontró el adecuado caldo de cultivo para su pleno desarrollo.
Estamos, por tanto, ante una indiscutible aportación de carácter historiográfico que, sin duda alguna, en el futuro habrá de encontrar nuevos horizontes especulativos para la cabal comprensión de un fenómeno complejo y siempre apasionante.

Arsenio Moreno Mendoza


LAS ERMITAS DE ÚBEDA

Tras la conquista de Úbeda por las tropas de Fernando III el Santo, se procedió a cristianizar la ciudad transformando sus mezquitas de barrio en iglesias, y construyendo otras de nueva planta. Como complemento a la organización de la ciudad en parroquias, alrededor de ella surgirían una corona de ermitas aprovechando, en ocasiones, primitivos oratorios islámicos al aire libre (muçallas).
Será con la Contrarreforma Católica cuando se produzca el gran desarrollo del fervor religioso, que se hace patente en el desarrollo de grandes fiestas y romerías populares que tendrán en las ermitas uno de sus principales marcos escénicos. Como complemento, la ciudad se inundará de numerosos elementos cristianos como cruces o pequeñas hornacinas devocionales que, frecuentemente, aparecen vinculadas a las ermitas. Posiblemente muchas de ellas formaran parte de un vía-crucis devocional.
El número de ermitas nunca ha sido fijado con exactitud. Teniendo en cuenta a autores como Ximena Jurado, Ruiz Prieto o Torres Navarrete, éstas podrían ser las siguientes: San Gil, Espíritu Santo, Santa Catalina, Nuestra Señora de Guadalupe, Madre de Dios del Campo, San Ginés, Vera-Cruz, Nuestra Señora de Gracia, San Marcos, San Lázaro, San Cristóbal, San Sebastián, Santa Quiteria, San Bartolomé, Nuestra Señora del Pilar, Nuestra Señora de la Blanca, Santa Eulalia, San Julián de la Puente, Santiago y Nuestra Señora del Repudio.
Varias de estas ermitas se localizaban en el interior de la población o inmediatamente a sus murallas, como así ocurría con las ermitas de San Sebastián, Santa Catalina, la Coronada, Espíritu Santo, o San Gil. Por este motivo, algunas de ellas fueron absorbidas por fundaciones religiosas, como los trinitarios, dominicos o jesuitas para fundar sobre ellas sus conventos (lo que supondría la modificación de su fábrica original).
Muchas otras, debido a su posición alejada, se irían degradando progresivamente lo que conllevó su ruina a la postre. La invasión francesa supondría el golpe de gracia para muchas de ellas, como ocurrió con las de San Lázaro, San Cristóbal o Vera-Cruz (y de cuyo recuerdo aún queda la toponimia de las calles). Pocas tuvieron la suerte de convertirse en sedes parroquiales (Nuestra Señora del Pilar o San Bartolomé), lo que ha permitido su conservación, o incluso integrarse en proyectos de mayor envergadura (como la ermita de San Ginés, a partir de la cual se construyó el cementerio).
En la actualidad son pocas las ermitas conservadas, y muchas de ellas se encuentran en mal estado o enmascaradas por construcciones posteriores. Con motivo de las recientes obras que se están realizando en las cercanías de la Ermita del Pilar (popularmente conocida como Ermita del Paje), hacemos un breve repaso de algunas de estas ermitas que aún hoy subsisten en nuestra ciudad o en sus cercanías.

Comenzamos nuestro recorrido con la mencionada Ermita de Nuestra Señora del Pilar o del Paje, fundada en 1709 por el presbítero don Francisco de Pagez y Segura (de donde deriva su popular nombre).
De una sola nave, presenta un presbiterio elevado cubierto con cúpula sobre pechinas. Labrada por el cantero Fernando López, su arquitectura tardorrenacentista muestra un arco de medio punto entre pilastras corintias, coronándose con un relieve de la aparición de la Virgen del Pilar a Santiago; se remata con una espadaña.
De ermita semi-abandonada, pasó a ser erigida en iglesia parroquial en 1973 por el obispo don Miguel Peinado para atender el culto de la nueva zona de expansión de la ciudad. Su entorno, originariamente desértico como corresponde a una hera, se ha llenado en los últimos años de numerosos bloques de pisos y del eternamente proyectado Parque Norte, que han restado su visual de antaño.






Al igual que ocurre con la Ermita del Paje, el entorno de la Ermita de San Marcos se trataba de una hera de trillar ubicada cerca de la Fuente de las Risas, si bien su poblamiento se produjo desde el siglo XVI y muy especialmente durante el siglo XIX. Todo parece indicar que la ermita se construyó en 1449 en agradecimiento al Evangelista Marcos, cuya divina intercesión salvó las cosechas de un ataque de langosta que asoló la ciudad.
Esta primitiva ermita fue ampliada durante todo los siglos XVII y XVIII, siendo escenario de numerosas celebraciones durante la Edad Moderna. Será con la llegada de los franceses cuando se produzca la destrucción de la ermita, pasando el culto del santo a la cercana parroquia de San Isidoro.
Sin embargo, no todo el templo fue demolido pues aún quedan algunos restos integrados en una casa de la calle Fuente Risas: tan sólo unos sillares, así como algunos relieves de temática agrícola (una cruz entremezclada con una flor de cardo), así como la hornacina con la imagen de la Virgen (que posiblemente ocuparía el primitivo camarín).





Ya hemos mencionado quemuchas de las ermitas que hoy en día se conservan lo hacen gracias a que, con el tiempo, fueron adquiriendo otras funciones a las que primitivamente tenían. Eso ocurrió con la Ermita de San Bartolomé, que aglutinó un grupo poblacional que daría como origen a la actual pedanía de San Bartolomé, funcionando la ermita como iglesia parroquial hasta 1826.
El primitivo templo fue reconstruido totalmente entre 1720 y 1727, a expensas del sacristán Ginés Ruiz de Quesada y de su mujer Isabel Rodríguez López. El nuevo templo era más grande que la primitiva ermita, y en él se veneraba a San Bartolomé y a Nuestra Señora de la Blanca, siendo atendido por monjes de la Trinidad y de la Merced.
La aldea de San Bartolomé ha sufrido un importante proceso de despoblamiento, y en la actualidad sus edificios históricos se hallan en ruinas. Entre ellos mencionar una primitiva posada y la Torre de Garci Fernández, a la que se adosan construcciones posteriores (¿posible ermita de Nuestra Señora de la Blanca?)
En cuanto a la ermita, presenta una austera fachada en la que se distingue el espacio volumétrico de su capilla mayor (que presentaría un camarín), y disponiéndose una espadaña en ángulo. Su portada se trata de un sencillo arco de medio punto enmarcado por moldura rectangular y rematado con una hornacina (donde se alojaría la imagen del santo titular). Al interior se conservan algunas yeserías, que apuntan que la ermita presentaría una bóveda con lunetos. Su tejado se halla derruido en gran parte, lo cual no augura un buen futuro a los restos del templo, salvo que se intervenga en él.
Cerca de la ermita existe un pequeño oratorio donde se veneran las modernas imágenes de San Bartolomé y Nuestra Señora de la Blanca, así como una pila románica procedente de la primitiva ermita.



Finalizaremos nuestro recorrido con las impresionantes ruinas de la Ermita de Madre de Dios del Campo. De origen antiguo, las primeras referencias se remontan a 1495, año en que Pedro Sánchez Romo dona al convento de la Trinidad un palacio situado junto a la ermita.
El templo fue reedificado entre 1738 y 1787, tardándose mucho en la ejecución de las obras por la ausencia de donativos. En él se veneraban las imágenes de Madre de Dios del Campo, custodiada por San Joaquín y San José, existiendo además los altares de Santa Isabel, del Niño y de Santiago. Estaba dotada de una hospedería, cuya labor continuaría al menos hasta 1844.
Con la Desamortización Eclesiástica se enajenan los numerosos bienes a la ermita, permaneciendo abierto al culto gracias a la devoción del pueblo ubetense. Su estado de conservación en 1928 debía ser regular, pues se solicita su restauración.
En 1944 se proyecta la conversión de la ermita en una Casa de Ejercicios Espirituales, obras que se abandonaron en un avanzado estado de ejecución. Saqueado y desvalijado de algunos de sus bienes muebles, el inmueble llegó a ser ocupado por familias de gitanos, los cuales se calentaban usando las maderas del edificio. Como colofón, en 1977 el párroco Manuel Medina dinamitó la ermita para utilizar sus piedras en la ampliación de la Ermita del Paje, quedando la iglesia sin techumbre y algunos restos de su hospedería.
En la actualidad subsisten importantes restos del templo, como su fachada clasicista, con un arco de medio punto flanqueado por pilastras y un cuerpo superior compuesto por tres hornacinas y frontón recto (que alojaría en su interior un escudo heráldico). En su fachada aún se conservan restos de ventanas, que igualmente se ornamentan con pilastras, frontones rectos y jarrones. Al interior, el templo presenta nave única y se cubriría con bóveda de cañón y lunetos, que apoyaría sobre molduras de estuco. Su presbiterio se cubriría con una bóveda similar a las existentes en la iglesia de la Trinidad y San Lorenzo, lobulada y ornada con pilastras, y exuberante ornamentación de hojarascas en sus pechinas. Se complementaría con un camarín para alojar la imagen de la titular.
Junto al templo aún se conservan algunas estancias y restos de una arcada que la precedería. Igualmente aún se mantienen en pie los muros horadados de su hospedería. Sin embargo, la espadaña que coronaba la ermita hace un par de años ha desaparecido, al igual que muchas piedras y otros restos diseminados.
En 1988 se inauguró una nueva ermita bajo la misma advocación, ubicado en el paraje de La Alameda, sobre la fuente y el abrevadero.


Finalizamos nuestro recorrido iniciado en semanas anteriores dedicado a las ermitas ubetenses. En primer lugar trataremos de la Ermita de San Ginés de la Jara, germen del actual cementerio municipal.
Afirma Ruiz Prieto que la primitiva ermita ya existiría en tiempos de los árabes, funcionando como un lugar de oración. Tenemos algunas referencias de mediados del siglo XVIII, en la que algunos fieles devotos hacen mejoras en el santuario.
En 1796 se restauró el templo, tal y como nos ha llegado hoy en día. Las obras, encargadas por el bachiller José García de Otarola, prior de San Nicolás, y don Antonio Eduardo de Aranda, Caballero Venticuatro, fueron llevadas a cabo por el albañil Pedro Rus.
La ermita no sufrió daños durante la Guerra de la Independencia, razón por la cual sirvió como base para la creación del cementerio municipal en 1837, funcionando como capilla mayor del mismo. Presenta una sala única cubierta con techumbre de madera, precedida por un pórtico con espadaña.

Nos detendremos ahora en dos de las ermitas que mayor fama tienen en la actualidad entre el pueblo ubetense, en parte porque aún continúan prestando sus servicios religiosos con motivo de la romería de la Patrona, la Chiquitilla del Gavellar.
Sobre la Ermita de Nuestra Señora de Guadalupe o del Gavellar, en 1704 el licenciado Espinosa de los Monteros la sitúa a una legua más o menos de Úbeda. De ella dice lo siguiente: «Es la fábrica de esta ermita de muy relevante arquitectura, vistosa, fuerte y rica y hermosa, hecha a expensas de las limosnas que los fieles devotos han dado y dan».
Desconocemos la fecha de ejecución de este templo, si bien éste se alzaría a partir de la aparición milagrosa de la imagen, descubierta por el agricultor Juan Martínez dentro de una vasija llena de gavillas de trigo (de ahí su advocación) el 8 de septiembre de 1381. Hasta que se construyó la ermita, la talla románica se veneró en la Ermita de Santa Eulalia.
El primitivo templo ya estaría finalizado o muy avanzado en el primer tercio del siglo XV, como así lo certifica el testamento de Per Ibáñez, alguacil mayor de Úbeda, quien incluye la iglesia de Santa María de Guadalupe entre sus mandas testamentarias. De la fábrica original sería la portada del templo, un sencillo arco de medio punto coronado por la estatua de la Virgen coronada con un doselete.
Sin embargo, las obras de reparación y consolidación de la ermita se continuarían durante siglos. Será especialmente a mediados del siglo XVII cuando se produzcan obras en el santuario, que en su gran mayoría son las que nos han llegado en la actualidad. El templo actual presenta nave de salón, con coro alto y un camarín para la imagen precedido por el retablo neobarroco de Francisco Palma Burgos. Es una arquitectura muy sencilla, realizada en cantería, que se complementa con una torre espadaña y un patio de doble arcada, así como una cerca que lo aísla del entorno rural.
A fines del siglo XIX se producen numerosas obras de consolidación y mejora, que se continuarán con posterioridad. Así, en las últimas décadas se contabilizan varias intervenciones de gran calado. Por ejemplo, en vísperas del VI Centenario del descubrimiento de la imagen de la Patrona se realizarán numerosas obras de ampliación y mejora en el santuario, siendo presidente de la cofradía don Manuel Moreno Méndez. Las últimas obras de envergadura fueron ejecutadas en 2003, afectando especialmente a los tejados. Desde siempre, la Cofradía de la Virgen de Guadalupe ha velado por el mantenimiento del santuario; prueba de ello es que en la actualidad se demandan nuevas actuaciones en el camarín de la Virgen y otras zonas del templo que, esperemos, lleguen a buen puerto gracias a la participación de todos por el bien de nuestro patrimonio.

El otro templo vinculado con la romería de la Patrona es la Ermita de Santa Eulalia, la cual fue construida cerca de la Ermita de San Julián de la Puente. Todo parece indicar que se ubica sobre un asentamiento romano, conservándose numerosos restos de fortificaciones.
Desde 1446, los vecinos de Sabiote y Torreperogil conocían esta ermita bajo la advocación de Nuestra Señora de Santolaya. Estuvo a punto de arruinarse en 1878, pero la piedad de algunos ubetenses logró salvar sus piedras centenarias. En 1906 vuelve a resentirse su fábrica, realizándose nuevas obras de reparo y consolidación.
Fue en esta ermita donde se veneró la imagen de la Patrona hasta que se construyó la Ermita del Gavellar. Recuerdo de este hecho es, sin duda, el descanso que la imagen de la Patrona realiza el día de su romería antes de marchar a Úbeda o a su Santuario del Gavellar.

IGLESIAS CERRADAS

Con la resaca de la Semana Santa nos viene a la mente la misma pregunta: ¿Qué pasa con Santa María? Como si fuera una maldición bíblica, otro año más nuestra iglesia mayor sigue cerrada por obras. Y lo que es peor, en este caso no se puede hablar que haya habido obras.
El año pasado, por estas fechas, una delegación formada por los altos mandatarios de la Junta de Andalucía y del Obispado de Jaén se regocijaban y se hacían la foto de rigor anunciando a bombo y platillo el comienzo inminente de la quinta y última fase de la restauración de Santa María. Con ella se procedería a restaurar algunas de las capillas, poner el solado de mármol al templo, limpiar las fachadas... Estas obras, que durarían unos 18 meses, supondrían que el templo abriría sus puertas a mediados del 2008. Ya muchos se mostraban escépticos a esta fecha, y por desgracia acertaron en sus pronósticos.
Nada se ha hecho en el templo. La última noticia que tenemos -hace un par de semanas-, fue la solicitud de obras realizada por parte de la Junta de Andalucía a la Concejalía de Urbanismo para limpiar su fachada. Curiosamente se hace en fase preelectoral, como la famosa intervención de la ministra doña Carmen Calvo en nuestra ciudad, cuando “se fue por los cerros” para hablarnos de la ampliación del Museo Arqueológico (que parece que, igualmente, tampoco se materializa) en vez de abordar el tema de Santa María.


La lluvia de Semana Santa permitió a muchos ubetenses poder entrar de nuevo en la iglesia mayor de la ciudad. Muchos admiraron el templo al que nunca habían entrado (muchos ubetenses de mi generación), otros vieron un nuevo templo que poco se parecían al de sus recuerdos (los ubetenses de treinta años para arriba). A todos estos se les sumaba un ingente número de turistas que tuvieron la suerte de poder visitar la iglesia, y que se extrañaban del excesivo desarrollo de las obras.
Ya dice el refrán que “sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena”. Por desgracia, ocurre lo mismo con Santa María. Parece que sólo nos acordamos de ella en Semana Santa, pues durante el resto del año se hace poco o más bien nada para mostrar la indignación del pueblo ante este caso. Ni una mísera recolección de firmas para mostrar nuestra opinión, o algún otro acto simbólico. Ya es hora de que la sociedad ubetense se mueva a favor de la apertura del templo. Aquí tienen cabida TODOS los ubetenses, ya sean creyentes, agnósticos o ateos. La iglesia de Santa María es un monumento, pero es algo más: es un elemento clave de nuestra identidad ciudadana, tanto o más que la Capilla del Salvador o el Hospital de Santiago, que al fin y al cabo surgieron como fundaciones privadas.
Junto con la apertura de Santa María se debe reclamar la restauración y apertura de otros templos cerrados desde una centuria: Santo Domingo y San Lorenzo. No es nuevo decir que estas antiguas parroquias, una vez rehabilitadas, aumentarían el potencial turístico de la ciudad al incorporar el viejo proyecto del Museo de Semana Santa y un espacio cultural para exposiciones y conciertos. Con el cambio en el Obispado de Jaén parecía que por fin se veía cerca el tan anhelado proyecto, aunque no había ningún aporte económico para su rehabilitación y mantenimiento. Ya es un paso. Una vez que parece que la cesión es definitiva, sería buen momento para comenzar a buscar subvenciones externas y no confiar en que la ayuda baje del cielo. Ya lo dice el refrán: “el mejor trabajo es el que se hace uno mismo”.


No quisiera dejar de mencionar al último templo cerrado a cal y canto desde hace ya dos años: la iglesia de la Santísima Trinidad. Como sabemos, a mediados del siglo XIX fueron suprimidas la mitad de las parroquias de la ciudad como consecuencia de la falta de feligresía. Tras varios cambios, finalmente quedaron las parroquias de Santa María, San Pablo, San Isidoro y San Nicolás. Muchos de los conventos fueron suprimidos, y sus edificios sufrieron diversa suerte. El convento de la Santísima Trinidad acogió diversas funciones (cuartel, correos, colegio…), mientras que su templo sirvió como ayuda para la parroquia de San Nicolás, tal y como se continúa en la actualidad.
Hace un par de años se anunció que se cerraba el templo para restaurarlo, quitar la cal y mejorar la iluminación. Esta noticia se tomó inicialmente con alegría. De la noche a la mañana se obligó a desalojar el templo, y las distintas cofradías que veneran allí a sus titulares se vieron obligadas a trasladar sus imágenes. Ha pasado el tiempo y nada se ha hecho en el templo, y parece que la cosa va para largo. Esperemos que no ocurra como en Santa María y dentro de veinte años no tengamos que hablar de la próxima apertura de la iglesia de la Trinidad, un nuevo templo con techos de madera, suelos cerámicos o cualquier otro atentado a nuestro patrimonio.
Esta breve diserción sobre los templos de la ciudad nos debe hacer reflexionar varios aspectos. Se nos llena la boca hablando de Úbeda, Ciudad Patrimonio de la Humanidad. Pero, ¿qué es lo que reflejamos verdaderamente? Somos bastante impasibles para movilizarnos sobre nuestro patrimonio, dejando siempre que lo haga otro y, en el caso de que alguien realice lo mínimo, sólo intervenimos para criticar.
Igualmente se debería promover la educación en patrimonio en todas las capas sociales de la ciudad, pues es uno de los primeros pasos para la protección y salvaguarda de nuestra identidad cultural. Aquello que no se conoce y no se valora, acaba siendo objetivo de abandono y destrucción. En el caso contrario, lo que se ama y respeta será cuidado y transmitido a las generaciones venideras.
Realizamos una política de captación de turistas, vendiéndonos en las mejores ferias, ampliando el número de hoteles y restaurantes. Sin embargo, cuando el turista llega a la ciudad, ¿qué se encuentra? Úbeda es una ciudad de fachada, poco se puede ver al interior porque está cerrado o es privado. Debemos reflexionar, junto con la captación de turistas, qué es lo que debemos ofrecerles para que su estancia en la ciudad sea lo más provechosa y vuelvan.
El movimiento se demuestra andando, y ya es hora de que los ubetenses se muevan por lo suyo y no confíen en las vanas promesas electorales.

El monumento al General Saro

Tras 7 años en el exilio obligado, el General Saro ha vuelto a su plaza. Se podría decir que el 30 de marzo de 2007 pasó a la historia como el día en que finalizaron las obras del parking de la Plaza de Andalucía. Sin embargo, aún quedan algunos pequeños detalles que esperemos que con el tiempo se vayan solucionando, como sustituir algunas de las farolas de diseño que aún permanecen, eliminar los maceteros y, si es posible, incrementar el arbolado.
Lo verdaderamente importante es que nuestra plaza ha recuperado, en parte, el aspecto que antaño tenía. De hecho, nuestros paisanos comentan al verla que de nuevo se sienten en su Ciudad. Los más mayores, al ver al General Saro, comentan irónicamente que el periodo en la cárcel no le ha venido mal: “se le ve un poco más delgado, pero con más brillo”. Nunca nos faltará la ironía en este país.
Sin embargo, muchos se han sorprendido con una parte del monumento que no recordaban, y que incluso pensaban que era nuevo: el basamento, labrado al igual que la escultura del general por el prestigioso Jacinto Higueras. Este escultor, oriundo de Santisteban del Puerto y formado en el taller de Mariano Benlliure, será autor de numerosos encargos para la Iglesia y las cofradías, retratos y de numerosos monumentos, entre los que podríamos destacar el Monumento a las Batallas en Jaén (1912), que le daría gran prestigio. A este le seguirían otros muchos, entre los cuales cabría citar el que estamos tratando, realizado hacia 1928.
El basamento, de forma troncopiramidal, desarrolla en sus dos caras un programa simbólico cuyos precedentes se pueden rastrear en otros monumentos del autor. Por un lado, realiza un homenaje al trabajo duro y esforzado del mundo rural; por otro lado, ensalza a los héroes que luchan por la defensa de su patria. Pero procedamos a un análisis más exhaustivo.
Los relieves de la cara posterior están presididos por la diosa Minerva, divinidad griega que simboliza las artes y la sabiduría, así como el concepto de la ciudad y sus integrantes. La diosa aparece representada de cuerpo entero, siguiendo su iconografía tradicional, vestida con túnica, coronada con un casco, y portando lanza y escudo. A los lados encontramos otras dos figuras mitológicas arrodilladas: Mercurio, el dios del comercio, identificado con su pétaso (sombrero con alas), y portando una bolsa llena de dinero. Como complemento a este dios mercantil encontramos a la Abundancia, mujer dispuesta en posición similar, portando la cornucopia o cuerno de la abundancia.
A este núcleo divino se unen otros personajes que muestran el ambiente rural propio en el que se crió el escultor, y a la vez alegato de clases humildes y trabajadoras, en su lucha diaria y constante. Así, junto a Mercurio hallamos dos hombres cargando sacos, así como una mujer portando una cesta sobre sus hombros, y un tercer hombre arrastrando una carretilla. Por el otro lado, junto a la Abundancia, se dispone un hombre y dos mujeres vareando aceituna, cerrándose el conjunto con una pareja de campesinos que recogen los frutos en un canasto.
Sin duda, un bello homenaje al mundo agrícola, base de la economía y la prosperidad de las ciudades, especialmente indicado en el momento y lugar para el que se labraron estos relieves, como era la Úbeda de comienzos del siglo XX.


Los relieves de la cara frontal recuerdan a otros monumentos labrados por el escultor como el de las Batallas en Jaén, por el concepto de la defensa y del honor de la patria. Precisamente este carácter bélico puede ser el causante de la mala fama del monumento, y que tanta polémica ha generado. Sin embargo, se justifica por el propio rango militar del homenajeado.
Está presidido por un ángel de la Victoria, una figura femenina alada con las vestiduras en movimiento ceñidas al cuerpo, y sus alas protegiendo a los soldados. El grupo de la derecha muestra a unos milicianos portando bombas en sus manos, con gesto airado, mientras que otros llevan fusiles y pistolas. Uno de los hombres porta el cuerpo abatido de un compañero, apreciándose otros dos muertos en el campo de batalla en la zona inferior del monumento. A la izquierda, el otro grupo aparece arrastrando un gran cañón, alrededor del cual se arremolinan los distintos personajes.


Como he comentado, una vez desmontado el monumento, este fue tratado sin ningún cuidado, de ahí el mal estado en que se encontraba. Algunos rostros de la parte trasera aparecen mutilados, y de hecho se llegó incluso a perder la cabeza del ángel alado (que posiblemente hoy se encuentre decorando el despacho de alguien que, en su egoísmo, la tomó como recuerdo en vez de devolverla a sus legítimos dueños, es decir, nosotros los ubetenses). Gracias al buen trabajo del restaurador local Alfonso Cobo, el conjunto ha recuperado su aspecto original. La escultura del General Saro también ha sido limpiada, y en este caso no se han sellado los característicos agujeros de bala que luce desde que fue tiroteada durante la Guerra Civil.
Como conclusión, hacer una breve reflexión sobre el simbolismo de este monumento. Ante todo, lo primero que debemos hacer es conocer nuestra historia. Es lamentable como la gente opina sin saber de qué habla. Don Leopoldo Saro no fue ese dictador franquista que algunos creen, especialmente por el hecho que fue asesinado en Madrid el 19 de agosto de 1936, pocos días después de iniciada la Guerra Civil.
Partícipe en la guerra de Cuba y de Melilla, don Leopoldo Saro Marín vivió en Úbeda durante la Dictadura de Primo de Rivera. Fue declarado Hijo Adoptivo de la Ciudad en 1910, y bajo su mandato se construyeron en Úbeda los grupos escolares de La Explanada, el Alcázar y el Cristo del Gallo, se abrió la Biblioteca Municipal, se impulsaron las obras del ferrocarril Baeza-Utiel (que finalmente no se realizarían) y la Comunidad de Regantes del Canal de Jandulilla, se construyó el Teatro Ideal Cinema, se abrió el Parador de Turismo, se creó la Escuela de Artes y Oficios, se reconstruyó la Casa de las Torres... Como muestra de agradecimiento, los ubetenses costearon el monumento por suscripción popular, e incluso instalaron su retrato en el Salón de Plenos del Ayuntamiento, y todo antes de la II República y de la Guerra Civil.
De nuevo los ubetenses han demostrado su agradecimiento por ese hombre que, con sus virtudes y sus defectos, buscó lo mejor para Úbeda y fue uno de los primeros que apostó por ella en una época oscura de nuestra historia. Al devolver el monumento a su lugar se ha hecho justicia con este hombre que tanto hizo. Sin embargo, no es el único personaje ilustre que permanece olvidado, pues son muchos los que también amaron y lucharon por Úbeda, y merecerían su homenaje. Es de justicia.